El ritual de un artista callejero 

Originario del norte de Londres, Wilson comenzó su carrera esculpiendo en madera, antes de concentrarse en chicles secos.

Con los años, este inhabitual pasatiempo le ha valido el apodo de «chewing-gum man».

Su ritual es siempre el mismo.

Localiza un viejo chicle pegado a una acera y desenfunda su material: una manta cubierta de manchas de colores sobre la que se estira boca abajo, frascos de pintura acrílica, un pincel, un quemador que utiliza para reblandecer el chicle y un bote de barniz que aplicará a la obra una vez terminada.

Los viandantes, acostumbrados a ver a este excéntrico artista manchando de pintura acostado en el Millenium Bridge sea cual sea la estación, se acercan a hablar con él o hacerle una foto.

«Es la persona que tira el chicle la culpable de la degradación», asegura Wilson.

«YO TRANSFORMO EL DESECHO EN ARTE, ES UNA FORMA DE RECICLAJE», DICE, RECONOCIENDO QUE UNO DE SUS PRINCIPALES DESAFÍOS ES NO PINTAR EN ABSOLUTO EL PUENTE, PORQUE PODRÍA SER DETENIDO POR DEGRADACIÓN.

Wilson afirma haber pintado «miles y miles» de chicles y se vanagloria de haber diseminado este «arte oculto» por las aceras y puentes de toda la capital.

Asegura vivir de sus colaboraciones con artistas o galerías, pero rechaza toda remuneración de quienes le piden que les dedique una de sus obras.