Jueves 17 octubre 2019

Sara Ramo: “Hasta la fantasía tiene una instancia política”

Entrar en el mundo de Sara Ramo (Madrid, 1975) exige un grado alto de agudeza, y no solo a nivel visual. A veces, un olor afianza un secreto. Otras, un ambiente condensa anhelos muy profundos y un sonido dispara la incertidumbre. No hay ahí ventanas, ni puertas, ni siquiera paredes, sino más bien un paraje extremo cercano al inconsciente. Un escenario que pone el foco en lo que no se ve y lo que apenas puede explicarse. Una realidad mutante en la que los acontecimientos han roto su relación de causalidad y campan a su aire resquicios de memoria. La suya se activa mientras paseamos el madrileño barrio de Tetuán donde pasó parte de su infancia y donde tiene ahora instalado un pequeño estudio temporal en el que trabaja hasta volver a Brasil, su otro país, donde reside desde hace décadas.

Esas calles han sido para ella un caldo de cultivo en su manera de ver el mundo sin filtros. “Siendo niña inventé una editorial, Lápices de Colores, donde escribía poesía, y me gustaba mucho el teatro. De pequeña jugaba a eso. Cuando tenía un poco de espacio en el colegio, organizaba funciones. Recuerdo una obra sobre un vagabundo que vivía en la calle y estaba enamorado de una estatua. La estatua era yo, vigilante y con un cucurucho lleno de caramelos que al final tiraba al público”, recuerda.

Los caramelos reaparecieron tiempo después, aunque sin esa inocencia, en la Bienal de Venecia de 2009, el punto de arranque de su carrera internacional. Entonces forró una habitación entera con ellos, que se derretían con el calor. En 2013, para la Bienal de Sharjah construyó un jardín de objetos encontrados en el edificio, y un año después, en su primera exposición en la galería Travesía Cuatro, Los Ayudantes, colocó a 12 seres disfrazados tocando instrumentos en la oscuridad a la luz de las hogueras en torno a las que llevan a cabo sus rituales. Un proyecto que venía de uno anterior, La banda de los siete, sobre la agrupación y la disgregación mediante un grupo de músicos dando vueltas sobre un muro. Un viaje circular que volvemos a encontrar en las dos exposiciones que coinciden ahora en Madrid: lindalocaviejabruja, en el Museo Reina Sofía, y La caída y otras formas de vida, que abrirá la próxima semana en la Sala Alcalá 31 de Madrid. Un momento fantástico que se completa además este año con su participación en las bienales de La Habana y São Paulo.

 

En el Reina Sofía también hay golosinas. Salen de una puerta entreabierta, como si fueran mala hierba. También hay ropa desordenada y barras de labios que revisten el interior de uno de los armarios de la Sala de Protocolo. El guiño a Dorothea Tanning, artista que el año pasado ocupaba el museo, es ineludible. De una fregona sale una lengua de jabón y de un papel de pared sale una bola de un bicho que parece vivir en el subsuelo del museo. El monstruo se llama estigma. Hasta cuatro aparecen en el título de la exposición asociados a la mujer, el tema trasfondo de esta muestra, que la artista se afana en desmontar: “Hay cierta violencia latente en los estigmas, ver que pasas de linda a loca, luego a vieja hasta llegar a bruja. Y porque no he puesto puta y muerta… Esa es la lectura patriarcal y esa lectura debe acabar. Venimos de una educación en la que hemos naturalizado la violencia de género, desde ese momento en que te tiraban del sujetador en el instituto a tener que ir juntas al baño por miedo, o al exhibicionista o el tortazo en casa por quejarte. Además de ser una idea, el feminismo debe ser un hábito, una acción. La de la mujer es una cuestión de punto ciego histórico. Hemos sido incapaces de verlo hasta que lo ves y ya no hay vuelta atrás”, explica.

 

 

 La caída y otras formas de vida son aún más literales en su exposición en la Sala Alcalá 31 si pensamos en Brasil. Aquí el monstruo es el efecto Bolsonaro. Sara Ramo sabe que alterando el orden establecido de las cosas consigue otra vía para producir nuevos esquemas de sensibilidad. Por eso trabaja con elementos de nuestra cotidianidad inmediata para reconfigurarlos hasta convertirlos en presencias que resultan extrañas y ajenas. Lo importante aquí son los asuntos, la relación con los objetos, con los espacios, con lo que somos. Como buena heredera de una tradición cultural que ha desafiado la concepción únicamente utilitaria del mundo, ella mira de cerca la mística, la mitología y la magia. Mucha hay también aquí, en un espacio donde la artista viste a las columnas, que funcionan como personajes en medio de una escenografía. Le digo que parece una reunión de gente rara tramando algo y asiente: “Mis personajes son extranjeros. Los miramos y sabemos que están haciendo algo, pero no alcanzamos a entender muy bien qué. Incluso cuando aparece la fantasía hay una instancia política, hay algo de lo que quiero hablar que tiene que ver con la forma en la que nos relacionamos con el mundo. A menudo miro la figura del perdedor, un ser asocial, al que no le van muy bien las cosas y que vive en los márgenes, que para mí tiene mucha fuerza. Habla de los que hemos caído y los que buscamos otras formas de lucha. De una gran masa subterránea que se reúne, piensa y que no es fácil de dominar. Tal vez hayan ganado durante un tiempo, pero lo que hemos empezado no tiene fin”. (E).

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