Sábado 15 diciembre 2018

Vuelve lo quinqui

Barcelona, primavera de 2009. El CCCB presenta la exposición ‘Quinquis de los 80. Cine, prensa y calle’, una panorámica por todo un fenómeno social que se gestó a raíz de la retroalimentación entre la vida —las secciones de sucesos de los diarios locales— y el arte —las películas de Eloy de la Iglesia, José Antonio de la Loma y Carlos Saura— en una España recién nacida a la democracia, pero sacudida sin piedad por una serie de convulsiones urbanísticas, económicas y sociales que dejaron huella.

El fruto de todo este periodo violento e inestable fue el quinqui, héroe y villano de una clase obrera asfixiada por los tiempos, hijo quizá más sano de un sistema feroz, enésimo avatar de Jesse Pomeroy (primer delincuente juvenil que se convirtió, probablemente a su pesar, en sensación mediática) y demás adolescentes abonados a vivir demasiado deprisa. La muestra del Centre de Cultura Contemporània no sólo era exquisita, sino que también suponía una suerte de exorcismo colectivo: en el momento en que lo quinqui entró a un museo, sus tragedias quedaron desactivadas. Sus peligros eran objeto de retrospectiva. Nuestra sociedad podía, al fin, pasar página.

Hoy, casi diez años después, descubrimos que cantamos victoria demasiado pronto. Puede que los niveles de delincuencia y las jeringuillas en los parques hayan disminuido considerablemente desde mediados de los ochenta, pero esa desesperación juvenil que consumía a los grandes ídolos quinquis sigue más o menos intacta en su evolución natural: la estrella del trap, a menudo un poeta rudo y politóxico que mimetiza la ostentación propia del gangsta rap desde unos márgenes posibilistas, pero orgullosos.

Si una de las secuencias más memorables de ‘Perros callejeros II’ (De la Loma, 1979) nos mostraba a sus protagonistas alucinando al contemplarse a sí mismos en televisión, la cultura audiovisual contemporánea ha acelerado una barbaridad los procesos. Ahora, un trapero puede fabricarse sus quince minutos de fama desde cero (o desde su canal de YouTube) y tener control absoluto de su conversión en estrella fugaz. De la calle al trending topic, pero con una estética increíblemente más sofisticada que en la edad de oro quinqui: al fin y al cabo, ahora estamos hablando de gente con acceso a unos recursos y herramientas culturales que, en plena Transición, no existían ni como quimera.

La primera obra de ficción que decidió indagar en esa conexión quinqui-trap, dando como resultado la película fundacional del neoquinqui, fue ‘Criando ratas’ (2016). Su director, el alicantino Carlos Salado, se puso como objetivo explorar ese mismo microcosmos de familias desestructuradas, vidas rotas, hacinamiento, sangre y drogas que generó un puñado de clásicos del cine social desaliñado entre 1977 y 1985, pero lo hizo a través de una figura tan contemporánea como Ramón Guerrero El Cristo. Este joven ex-presidiario de Levante parece hecho con el mismo material icónico que El Torete o El Vaquilla, pero los golpes que le dio la vida (y que él mismo recreó en ‘Criando ratas’) nos suenan demasiado cercanos, demasiado actuales. Hace sólo unas semanas, Salado y Guerrero volvieron con un cortometraje, ‘Mala ruina’ (2018), que termina de configurar las bases de la cultura neoquinqui a través de la participación de Yung Beef, quizá el nombre más importante y reconocible del trap español.

Esta explosión espontánea y semiamateur se vehiculó a través de YouTube, pero el meteórico ascenso a una suerte de estrellato virtual que experimentó El Cristo hizo que el mainstream se fijase muy pronto en este resurgir de lo quinqui para tiempos de la hipervisibilidad. Así, dos certámenes españoles tan prestigiosos como el Festival de Málaga y la Seminci de Valladolid han estrenado este año sendos documentales sobre la pervivencia del fenómeno en nuestros días. El primero se titula ‘Navajeros, censores y nuevos realizadores’, está dirigido por Rafael Robles y cuenta con los testimonios de Borja Cobeaga, Alaska, Los Chichos, Román Gubern o el propio Cristo. Se ttata, en esencia, de una propuesta mucho más didáctica y menos ambiciosa a nivel formal que ‘Quinqui Stars’, notable experimento a caballo entre realidad y ficción que en estos momentos se encuentra tomando (suponemos que a punta de navaja) las salas comerciales de algunas ciudades.

Su autor, Juan Vicente Córdoba, utiliza el pasado como simple eco referencial: su objetivo, así como el de su alter ego al otro lado de la pantalla, es capturar la urgencia de un presente fragmentado. A un nivel superficial, ‘Quinqui Stars’ trata sobre la odisea de El Coleta (uno de los grandes descubrimientos cinematográficos del año) para hacer un documental sobre la música en el cine quinqui clásico, así como sobre todos esos tótems que lo hicieron posible a ambos lados de la pantalla. Sin embargo, la película pronto empieza a escaparse por otros temas e ideas tan estimulantes como, por ejemplo, el papel de las mujeres en el trap y el hip-hop actual. Teniendo en cuenta las infames secuencias de violencia sexual presentes en películas como ‘Los violadores del amanecer’ (Ignacio F. Iquino, 1978), tan cercanas a la glorificación que su visionado resulta francamente insoportable, es refrescante saber que el neoquinqui se está planteando como fenómeno inclusivo ya desde sus primeros pasos.

¿Hacia dónde vamos a partir de aquí? ¿Cuánto de flor de un día tiene la nueva cultura quinqui? ¿Qué posibilidades de futuro le aguardan, si es que las hay? Tal como declaró Córdoba a Efe, hacer planes o previsiones para un ente tan vivo, precario y vibrante como este resulta absurdo:  “Son chicos que luchan por sobrevivir, que un día están cantando en la sala Razzmatazz pero luego no tienen para llenar la nevera. Y en esa lucha por sobrevivir, apuestan por convertirse en estrellas, como los quinquis en su día”. (GQ).

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